En 1861, Ramón Castilla nombró al poeta y diplomático Manuel Corpancho para asegurar la independencia de ese país. Tal fue el apoyo que Castilla fue declarado “presidente honorario de la Junta Patriótica de México”
El 20 de julio de 1863 una Asamblea de Notables, en sesión secreta, aprobó instalar en México una monarquía moderada y hereditaria, con un príncipe católico a la cabeza. Su título sería emperador de México. El cargo le fue ofrecido al príncipe Fernando Maximiliano, archiduque de Austria. “[...] me conservaré en una posición meramente expectante, sin verificar ningún acto que implique el reconocimiento oficial del nuevo estado de cosas y menos del régimen que se espera”, informó el ministro Manuel Nicolás Corpancho —nombrado por el presidente Ramón Castilla— al canciller peruano Juan Antonio Ribeyro. Y es que el 10 de junio de 1863 se había creado por decreto un gobierno provisional, elegido a dedo, contrario al legítimo de Benito Juárez. En Lima, la noticia causó violentas protestas contra Francia, instigadora de la conspiración contra la independencia mexicana. Cuando se produjo la agresión francesa, Ramón Castilla ya no estaba en el poder pero Corpancho continuó cumpliendo sus órdenes. En Lima, Castilla censuró la pasividad con que el nuevo gobierno del general Juan Antonio Pezet toleró el ultraje perpetrado por el Gobierno Francés. La historia había comenzado un par de años antes, en 1861.

Un indio al poder
Benito Juárez, indio de pura cepa, fue elegido presidente constitucional de México en 1861, después de una guerra civil entre liberales y conservadores. Célebre por su frase “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, era un hombre de carácter, logros y habilidad. Pero su gobierno liberal debió enfrentar desorden y abusos, y el reclamo de Gran Bretaña, Francia, España y Estados Unidos del pago de ochenta millones de dólares. Para aliviar la crisis económica, suspendió por dos años el pago de la deuda externa por reclamos, garantizada por los convenios extranjeros.

Cobrar como sea
Para el 31 de octubre 1861, Gran Bretaña, Francia y España firmaron la Convención de Londres, comprometiéndose a buscar el pago de las deudas contraídas por México, respetando su independencia e integridad territorial. Pero solo Gran Bretaña y España retiraron sus fuerzas. Francia prosiguió en solitario su campaña militar mientras Napoleón III coordinó secretamente con los monárquicos mexicanos instalar un trono constitucional.

Proteger la libertad
El 14 de noviembre de 1861, dos semanas después de firmada la Convención de Londres, y cuando se desconocían sus términos, el canciller peruano José Fabio Melgar instruyó a los ministros del Perú en Francia y Gran Bretaña reunirse con el ministro de Estado de las cortes firmantes. Debían solicitar una declaración de que las cuestiones mexicanas se resolverían por la ley internacional sin una transformación política que devolviera esa república a la monarquía española. Una semana después, el canciller Melgar dirigió una circular a los cancilleres de todos los gobiernos hispanoamericanos y promovió la unión de la América independiente advirtiendo que podría “llegar el caso en que se viese amenazada la independencia de las naciones libres de América”, anexando copia a los jefes de misión peruanos en Gran Bretaña y Francia.

Lazos fraternos
El 21 de noviembre de 1861, Ramón Castilla nombró al poeta y diplomático Manuel Nicolás Corpancho (1830-1863) encargado de negocios y cónsul en México. Tenía la misión de trasmitir a Benito Juárez los sentimientos fraternos del Perú hacia su país, e informar sobre “[...] los pormenores de la invasión armada [...] para saber a lo que la América [...] tiene que atenerse respecto de la actual política europea”. El presidente Ramón Castilla conocía bien a Corpancho, el joven había sido su secretario privado durante la campaña revolucionaria contra Manuel Ignacio de Vivanco. Autor de poemas líricos y épicos, estaba imbuido de ideas liberales y de un arraigado hispanoamericanismo.

Tratado de amistad
En la ceremonia de acreditación de Corpancho en Ciudad de México (16, marzo, 1862), Benito Juárez honró al Perú por los pasos a favor de la independencia mexicana. El canciller mexicano Manuel Doblado se comprometió a comunicarle a Corpancho todos los actos emprendidos por el gobierno frente a la intervención europea, inclusive los de índole secreta. Con la firma del Tratado de Amistad y Alianza, el 11 de junio, México se adhirió a las mismas estipulaciones contenidas en el Tratado Continental de Defensa Hemisférica de 1856.

Peruanos en la lucha
Corpancho puso a disposición del ejército mexicano un grupo de oficiales para luchar contra la invasión aliada. A mediados de 1862, en el Perú se realizaron innumerables actos patrióticos en apoyo de la independencia mexicana. La Sociedad de los Defensores de la Independencia Americana, de Lima —creada ese año— promovió una colecta continental a favor de los soldados mexicanos heridos en la guerra contra Francia. En reconocimiento, la Junta Patriótica de la Ciudad de México declaró al presidente Ramón Castilla su presidente honorario.

Apoyo a los perseguidos
Tras los sucesos de 1863, cuando se estableció el gobierno por decreto y se abrieron las puertas al “emperador mexicano”, Corpancho albergó a los partidarios de Benito Juárez que eran perseguidos. Para tales fines, alquiló cuatro viviendas en la Ciudad de México y sus alrededores en las que hizo flamear la bandera peruana, rehusándose a izar la bandera mexicana con el águila imperial. Intermedió a favor del gobierno de Juárez, instalado en San Luis de Potosí, y asistió a las reuniones de la Sociedad de Geografía e Historia que propulsaba la resistencia. Por todo esto, el gobierno de la Regencia lo consideró sospechoso y el 20 de agosto de 1863 el canciller del gobierno imperial en nota al canciller Ribeyro le informó que había ordenado expedir pasaportes a Corpancho y a los miembros de su legación para que abandonaran, en el término de tres días, el territorio mexicano.

La salida
Corpancho proyectó embarcarse en Veracruz en un barco inglés, pero llegó al puerto cuando este ya había zarpado y debió embarcarse, junto a los dos miembros de su misión, en el vapor español Méjico, rumbo a La Habana: eran los primeros días de setiembre de 1863. Su dedicación a la misión que Ramón Castilla le confió le terminó arrancando la vida a los 33 años: la nave española se incendió y hundió cuando cruzaba el estrecho de Yucatán.

Homenaje a una misión
Expulsados los franceses, el Gobierno Mexicano rindió tributo a la memoria de Manuel Nicolás Corpancho. El Gobierno de México consagró el cuarto tomo del Archivo Histórico Diplomático Mexicano a “La misión de Corpancho”. Allí en el inicio consta el tributo de Genaro Estrada, oficial mayor de la Secretaría de Relaciones Exteriores y miembro de la Academia Diplomática de la Historia:
“Hay en la historia de las relaciones diplomáticas entre México y el Perú, una figura que destaca vivamente su personalidad, por el ardoroso entusiasmo con que supo cumplir con su deber ante su patria, por la generosa simpatía que en ella despertara nuestro país y por su brillante actuación en una de las épocas de grandes luchas para los mexicanos que pugnaban por el triunfo definitivo de la República y de las ideas liberales: este hombre insigne, merecedor del homenaje de la nación, fue Don Manuel Nicolás Corpancho”.
Por Rosa Garibaldi
Publicado el 19 de abril de 2010
Diario “El Comercio”, Perú